UN SÁBADO CUALQUIERA EN CÓRDOBA

UN SÁBADO CUALQUIERA EN CÓRDOBA
UNA DE BUENOS AMIGOS

lunes, 27 de agosto de 2018

El machismo en Twitter

Por segunda semana consecutiva mi entrada gira sobre la misma temática: el maldito machismo. No es fijación, en absoluto; más bien responde a un fenómeno digno de análisis - al menos bajo mi particular prisma -. Aterricé en Twitter allá por el mes de abril de este año (un pepinillo, como en el argot policial nos referimos a los Polis novatos). Tal vez sea esa falta de rodaje la razón por la que me llama tanto la atención los airados ataques machistas que, a través de la figura virtual del troll, se reparten a diestro y siniestro. O tal vez no.
El caso es que su ofensiva en redes sociales es totalmente comprensible: difamar es gratis y en la Red se hace con la cobertura del anonimato. El Internet se consagra como el perfecto espacio para los cobardes, aquellos que prefieren no ir de cara. ¡Qué más se puede pedir! 
Sin ir más lejos, el sábado tuve que bloquear a 4; el domingo, a 2. Estas son mis cifras como hombre e Inspector de Policía Nacional (información que destaca en mi perfil, junto a mi foto). No me quiero ni imaginar los números de muchas de las feministas a las que sigo y tanto respeto. Supongo también - lejos de equivocarme, seguramente -, que el tono de los mensajes dista en gran medida: yo, por fortuna, solo he recibido precarias faltas de respeto y sandeces varias. A ellas les dirigen a diario hasta amenazas - en estos casos extremos, se debe optar por la denuncia -. Lo dicho: la seguridad de refugiarse tras la pantalla del ordenador; esa sensación de impunidad.
Como todo en la vida, la situación acarrea una pizca de humor. No sé a vosotros, pero a mí los nombres con que bautizan sus perfiles me suelen arrancar una sonora carcajada: que si "cazador de brujas", "un chico más", el "coco feminista", "divorciado indigente"; son solo algunos de los sujetos con que me he topado y que ahora engrosan mi lista de contactos bloqueados. Sin duda, la originalidad no es su fuerte.
Ante este aluvión de trolls decidí documentarme online. Pronto me toparía con un artículo de The Guardian en el que varios sociológos compartían el resultado de un estudio sobre esta incipiente figura virtual. Su conclusión era taxativa: hay que ignorarlos y bloquearlos. No podría estar más de acuerdo. Dicho y hecho.
Desde aquí, para terminar, me gustaría mandar un mensaje a la horda de trolls machistas que campan por Twitter: por mucho que os empecinéis en insultar, difamar, amenazar y cuestionar la violencia de género; no vais a conseguir callarnos. El feminismo ha cogido carrerilla y las voces que lo defienden se escuchan cada vez más fuerte. Sobre eso ya no hay discusión posible.
Es más, que el machismo haya optado por la agresión, por estas patéticas faltas de respeto y variopintos ataques; denota que sus privilegios están en riesgo. Ven peligrar los cimientos del patriarcado y se defienden cual gato panza arriba. Pronto la igualdad será una realidad, de ello podéis estar seguros. Entre tanto, seréis bloqueados como moscas.


Imagen extraída de www.arturogcampos.wordpress.com

sábado, 25 de agosto de 2018

El machismo y sus gafas opacas

"No hay más ciego que el que no quiere ver"; reza el archiconocido refrán popular. Para el caso, nos viene como anillo al dedo. Resulta que el machismo, de la mano de sus defensores (los y las machistas, pues hay de ambos sexos aunque cueste creerlo), se defiende del "ataque" a sus privilegios cual gato panza arriba. No necesita de argumentos sólidos, ni recursos contrastados; simplemente se vale de cualquier arma arrojadiza a su alcance: que si la violencia no tiene género, que si existe un alto porcentaje de denuncias falsas, que si no nos importa que asesinen a hombres y a niños, que si la legislación que aboga por la igualdad no es igulitaria... y así podría seguir hasta el fin de los días. Lo dicho, que padecen de la vista.
Para esto hay una explicación sencilla: la amenaza a sus afianzados privilegios se ha vuelto una realidad. Casi la pueden tocar con la yema de los dedos. El feminismo, esa corriente o movimiento que persigue la igualdad real de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres, encabezado por un nutrido grupo de valientes féminas, ha dado un puñetazo en la mesa para decir: ¡hasta aquí! Ya no te paso ni una más. A voz en grito y con el gesto visiblemente serio, imperturbable. No sé a vosotros, pero a mí como hombre privilegiado me invita a reflexionar. "A ver si van a tener razón. A ver si va a ser verdad todo eso que dicen sobre los techos de cristal, la violencia de género y demás. Suena justo y sensato, ¿no os parece?". ¡Claro que es de justicia! Faltaría más...
A mí, aliado fiel de la causa feminista, me parece que tienen más razón que un santo. Es más, desde el día en que me puse las gafas moradas no he podido quitármelas; es como si se adhirieran a la piel y pasaran a formar parte esencial e irrenunciable de tu cuerpo. Una sensación magnífica, sin duda. El machismo, por su parte, en vista de los argumentos vacíos y rancios que esgrime pareciera estar repartiendo entre sus fieles seguidores y seguidoras gafas opacas. Lentes oscuras que no permiten pasar la luz y te dejan completamente ciego. Digo esto con conocimiento de causa: ¿cómo es posible que no se den cuenta que cada año asesinan a una media de 60 mujeres?; ¿por qué no ven que faltan féminas en consejos directivos y en puestos de dirección?; ¿qué hay de la brecha salarial?; ¿no se percatan de los numerosos abusos y agresiones sexuales que se registran?. Definitivamente están ciegos, no hay otra explicación posible.
Para aquellos y aquellas de las gafas opacas tengo una buena noticia: ese complemento de la visión - por llamarlo de alguna forma - no se adhiere a la piel, es decir, estáis a tiempo de quitároslas y darles un buen pisotón. ¿Qué me decís?, ¿no os parece que las moradas son mucho mejores? Si finalmente optáis por el cambio, os informo de que hay gafas para todos y todas. Hacedlo, os prometo que no os arrepentiréis.

Fdo. Alguien que un día, no hace mucho, llevó gafas opacas y optó por deshacerse de ellas para siempre.


Imagen exraída de la web www.nocreasnada.com

sábado, 18 de agosto de 2018

La importancia del apoyo externo

El miércoles fue un gran día. Uno de esos que pasan al baúl de los buenos recuerdos; aquel en el que se almacenan solo los que dejan una huella positiva, amable, simpática. Al menos para mí y los míos. De hecho el sentimiento podría quedar perfectamente definido con esta frase: la satisfacción del deber cumplido.
El miércoles pasó a disposición del Juzgado de Violencia Sobre la Mujer Avelino. Esa misma mañana, a pesar de su negativa a declarar en su contra, Amparo salió con una Orden de Protección bajo el brazo. Una medida cautelar que en su nombre solicitaron su madre y la Fiscal de guardia. La situación, sin duda, lo requería.
El caso de Amparo llegó a nuestras manos hace ahora dos semanas. Su madre, Martina, fue la encargada de presentarse en Comisaría para dar cuenta de la presunta situación de violencia de género que su hija sufría. Refería haber visto hematomas en diferentes zonas del cuerpo de la joven en varias ocasiones; marcas físicas que eran justificadas por Amparo a través de excusas inverosímiles: "Me las hice jugando con Avelino; no es nada, déjame que viva mi vida". Pero la mecha la incendió una llamada inesperada: la madre de una amiga de su hija contactó con ella para contarle un episodio violento. El hecho, ocurrido días atrás en un local público, fue presenciado por varias personas más (amigas de Amparo).
Asigné el caso a uno de mis Policías. Como viene siendo habitual en estas situaciones, en las que en principio no contamos con la colaboración de la supuesta víctima, recurrimos al Distrito Sanitario. Se solicitó el historial médico de Amparo. En concreto, aquellas asistencias facultativas registradas que pudieran derivarse de episodios de malos tratos. En 24 horas teníamos la información en el correo electrónico: solamente había una asistencia, por pérdida de peso, náuseas y mareo; ocasionada a raíz de una ruptura sentimental cercana en el tiempo. Esta información ya apuntaba a que, como mínimo, Amparo estaría manteniendo una relación tóxica.
El siguiente paso que dimos era previsible: identificamos a las testigos del supuesto episodio violento, contactamos con ellas por teléfono y las citamos en Comisaría para ser oídas en declaración. Todas vinieron prestas. Estaban decididas a echar un cable a su amiga para salir de la situación de maltrato en la que estaba atrapada.
Al objeto de evitar futuras represalias y que se sintieran más seguras en su intervención (sobre todo lo segundo, pues las partes pronto supieron quienes eran), les ofrecimos la figura del testigo protegido. Se acogieron a ella de buena gana. Martina no se equivocaba cuando dio la voz de alarma: estas jóvenes presenciaron una agresión física semanas atrás, en el seno de un nutrido grupo de personas que disfrutaban del sábado noche en un local de ocio. Así nos lo narraron y así quedó plasmado en el papel.
Amparo, como era de esperar, se acogió a su derecho a no declarar. En este primer contacto no se mostró para nada receptiva. Es más, nos transmitió abiertamente que nuestra presencia la incomodaba. Una vez firmada el acta de no denuncia, nos marchamos con el rabo entre las piernas. Habíamos perdido una batalla pero no la guerra.
Mandé detener a Avelino con los indicios que manejábamos. De hecho, cuando dimos con él estaba con Amparo. Ella pateleó de lo lindo, no quería que su pareja se viniera con nosotros. Su actitud no iba a evitar nuestra actuación: era víctima de violencia de género aunque todavía no lo supiera.
Al día siguiente, en el Juzgado, subí personalmente con el atestado bajo el brazo. Por este orden, hablé con Fiscal y Jueza. Ambas me transmitieron que habría medida cautelar. De ahí me fui a ver a las amigas de Amparo, refugiadas en una sala aparte por seguridad: les di las gracias por lo que estaban haciendo y les prometí que nos íbamos a volcar con su caso. No pararíamos hasta que abriera los ojos.
Por último, me entrevisté en privado con la propia Amparo. He de decir que se mostró más receptiva, o al menos me dio esa impresión: me miraba cuando le hablaba e incluso asentía con la cabeza. Le pedí que viera a una amiga psicóloga del Instituto Andaluz de la Mujer y hablara con ella. "Solo una ocasión, ¿lo harías por mí?". Contestó que sí. Con eso me bastó por el momento.
Ayer me llamó la coordinadora del IAM para decirme que todavía Amparo no había accedido a acudir a ninguna cita. Paso a paso, no podemos querer que todo se resuelva en un plis plas. Con la orden de protección en vigor, tendremos que estar atentos a posibles quebrantamientos y actuar si la situación lo requiere. Al menos le hemos dado la oportunidad de ver la salida y eso nos hace muy felices. O mejor dicho, su madre y sus amigas - en definitiva, sus seres queridos - le han tendido la mano para ayudarla. El apoyo externo es fundamental en esto de la violencia de género. No lo olvidéis.

P.D.: todos los datos (nombres, fechas...) que empleo son ficticios y la situación en sí se encuentra novelada y adaptada. Las razones son obvias.

miércoles, 18 de julio de 2018

Relato para la revista POLICÍA

Era una mañana primaveral de miércoles cuando sonó mi teléfono. Sin esperarlo, en la creencia de que esa llamada pasaría al cajón de la rutina, como ocurre con la mayoría, contesté con el habitual: “UFAM Investigación, buenos días”. Al otro lado había un compañero de una ODAC de Distrito, quien me transmitía que un ciudadano había presenciado un presunto episodio violento de pareja y deseaba denunciarlo. Le indiqué que lo derivara a nuestra Unidad de inmediato.

Este señor, a quien me dirigiré por el nombre de Ángel (pronto descubriréis el porqué), llegó a mi oficina sobre las 15:30. Era, de hecho, su descanso para almorzar en el trabajo. Visiblemente inquieto, extrajo su teléfono del bolsillo y me dijo que quería enseñarme una grabación. Si os digo que su cara era un poema no estaría exagerando lo más mínimo. Me acerqué a él para poder ver con claridad lo que tenía que mostrarme. El vídeo, de algo más de un minuto de duración, no dejaba lugar a la interpretación. Estaba grabado desde el interior de un vehículo que se encontraba parado en lo que parecía una suerte de atasco. En el interior del coche que se encontraba justamente delante, de repente, se inicia una agresión. Un varón, a los mandos, comienza a gesticular de manera violenta con sus brazos, mientras dirige su mirada al asiento del copiloto, donde viajaba una mujer. La discusión inicial se tornó instantes después en un ataque físico. En un intento desesperado de repeler la embestida, ella se cubría con sus brazos y se inclinaba hacia atrás hasta que su cuerpo chocó con la puerta del vehículo. En cuestión de segundos se sucedieron numerosos golpes que impactaron en el cuerpo de la mujer. La virulencia del acometimiento saltaba a la vista, te erizaba el vello corporal.

Me dirigí a Ángel para decirle: “Mire, todo apunta a que estamos ante un ataque con tintes machistas. Usted es testigo directo de los hechos, además de poder aportar un documento gráfico que los recoge y, por tanto, de gran valor para la investigación. Para velar por su seguridad y mantenerlo en el anonimato, existe la figura del testigo protegido. Con ella su nombre no aparecerá en ninguna parte; el agresor jamás sabrá que es usted la persona que ha denunciado”. Él, en un intento de interiorizar toda la información que acababa de recibir, me preguntó: “No sé, ¿qué haría usted en mi lugar? Quiero ayudar”. Mi respuesta sería algo como: “El simple gesto de venir hasta aquí, en su único rato de esparcimiento diario, me dice que es usted una persona implicada y a quien le preocupa esta lacra social. ¿Si la mujer del vehículo fuera su hermana, o su madre, querría que la ayudaran?”. Me dio un sí rotundo y formalizamos la denuncia. Antes de irse le di las gracias de nuevo por el ejemplo de ciudadanía que había demostrado, algo poco habitual en estos tiempos que corren, además de indicarle que lo llamaría para acompañarlo a declarar al Juzgado.

Ya solo en el despacho, volví a reproducir el vídeo y anoté en un papel la placa de matrícula del vehículo en cuyo interior se desarrollaba la agresión, presuntamente machista. Estaba a nombre de una mujer, de edad similar a la que se podía inferir en las imágenes. Le asigné el caso a uno de mis Policías.

Entrada la tarde, cuando me encontraba en el parque con mi pequeñín, recibí su llamada en mi teléfono. Me indicaba que la señora estaba casada, que tenía dos hijos menores y vivía en un lugar muy próximo a donde se grabó el documento gráfico. Me propuso lo siguiente: “La citamos para que venga a Comisaría con el pretexto del vehículo. Una vez aquí, le preguntamos por el coche, por quién suele ser el conductor habitual y quién iba al volante esa mañana. Luego le mostramos el vídeo y le leemos la dispensa de la obligación de denunciar”. La estrategia era una maravilla y así se lo hice saber.

A la mañana siguiente vino la mujer. Confirmó que el coche estaba a su nombre pero que lo conducía su marido y que esa mañana venían de dejar a los niños en el Colegio. Se le mostró el vídeo y se quedó perpleja. Lo negó todo, lo defendió, justificó la conducta. Como era de esperar decidió no declarar en su contra.
A estas alturas, siendo un delito perseguible de oficio, esto no nos iba a parar los pies. Lo detuvimos y lo pusimos a disposición del JVSM a la mañana siguiente. Ángel se ratificó en la declaración prestada en Sede Policial y, ¿sabéis que ocurrió? Se dictó sentencia condenatoria de conformidad. 4 meses de alejamiento e incomunicación, incluso sin mediar la declaración de la víctima. ¿Hicimos bien? No me cabe duda de ello. A ella, que tiene una venda en los ojos y no se reconoce como mujer maltratada, le hemos dado una oportunidad de lujo para apartarse un tiempo de él y recapacitar. La labor del Protector, en este período, será fundamental de mostrarle el camino.

Gracias a un Ángel, nuestro Ángel, esta mujer tiene en su mano encontrar la salida. Gracias a este ciudadano modelo, esta mujer podría hallar la felicidad. Gracias Ángel.


sábado, 7 de julio de 2018

Mi abuelito


Pedro contaba con 27 primaveras. La fatídica llamada llegaría instantes después de almorzar, un frío día de febrero en la ciudad de Ávila. Su madre le revelaba una noticia que sería difícil de digerir; una partida que dejaba tras de sí recuerdos y experiencias inolvidables. Fue amistad verdadera, amor sin condiciones forjado en torno a una pasión común: el deporte rey.

Todo empezó cuando Pedro tan solo contaba con 4 años. Aquel caluroso mes de junio su abuelo, Adolfo, le contagió esa maravillosa afición. El equipo de su ciudad natal (el Córdoba C.F.) militaba por entonces en 2ªB del fútbol español. Se jugaba el ascenso a la división de plata en un grupo, a priori, complicado. De hecho la prensa local lo bautizó como “el grupo de la muerte”.

Una tarde, al salir del colegio, Pedro se llevó una grata sorpresa. Su “abuelito” (como él cariñosamente se dirigía a Adolfo) había venido a recogerlo y sujetaba en su mano derecha dos entradas para ver el primer encuentro de la liguilla de promoción. El Córdoba jugaba contra un equipo con nombre algo extravagante, un tal Barakaldo. Según le explicó su “abuelito” era un equipo del norte muy compacto y, en definitiva, duro de roer.

La experiencia que estaba a punto de vivir marcaría para siempre su futuro. Todo ocurrió en la grada de Preferencia, a pleno sol, rodeado de multitud de aficionados y aficionadas que vitoreaban cada jugada de su equipo. Oír al público rugir durante 90 minutos y, sobre todo, compartirlo con su “abuelito” fue una vivencia extraordinaria. El Córdoba perdió 0-2 ese día pero el resultado era lo de menos.

Esa noche Pedro no pegó ojo. Por su cabeza pasaban tantas emociones que era imposible relajarse. Mañana hablaré con papá para que me apunte a la escuela de fútbol del barrio. Voy a ser futbolista.” Bien entrada la madrugada, vencido por el cansancio, se durmió con una sonrisa dibujada en su cara. Estaba feliz.

La mañana siguiente, como no podía ser de otra forma, llevó a término su intención. Su padre, por su parte, la recibió con gran agrado - Esta tarde, después del cole, iremos a la escuela a apuntarte - A lo que Pedro respondió, preocupado - Pero si no tengo equipación ni zapatillas... - La réplica no se hizo esperar, revestida de su característico tono conciliador - Las tendrás, ya verás - No hicieron falta más palabras. Pedro agarró su mochila, besó a su papá en la mejilla y salió de casa riendo a carcajadas y dando pequeños “saltitos”.

Primero fue la escuela; luego el equipo de un pueblo cercano donde, de la mano de un curtido entrenador (a quien todos conocían como “El Puskas”), aprendió los valores que se esconden detrás de este fantástico deporte; para de allí pasar al conjunto donde llegaría a la madurez futbolística, un club con peso a nivel autonómico. En cada etapa, en cada paso que daba, estuvo presente su “abuelito”. Adolfo lo acompañaba incluso a los entrenamientos, que tenían lugar entre semana, primero después del colegio y más tarde del instituto.

Fuera de los terrenos de juego, en el calor del hogar, Pedro y Adolfo se juntaban cada fin de semana para ver a su Córdoba y al Real Madrid. Los partidos se extendían más allá del pitido final, con tertulias interminables. El vínculo entre ambos, desde aquel caluroso día a la salida del colegio cuando el Córdoba se enfrentaba a ese equipo de nombre impronunciable, no dejó de alimentarse y crecer en ningún momento.

Todo lo que Pedro es en la actualidad se lo debe a su “abuelito” y al fútbol: amigos que, tras años sin contacto, continúan siendo como de la familia; el significado del esfuerzo y el sacrificio, de trabajar en equipo para llegar más lejos; además del magnífico valor del deporte, de la importancia de cuidar la salud a través del ejercicio físico. Son solo algunos de los aprendizajes que el fútbol y, por supuesto, su “abuelito” le brindarían.

Pedro no llegó a ser futbolista profesional – solo unos cuantos lo consiguen -, sin embargo, disfrutó de cada momento, de cada pase, de cada tertulia. En definitiva, de la amistad verdadera. Y es que el fútbol es capaz de conseguir todo esto. Es capaz de llegar a lo más profundo de los corazones para instalarse de forma indefinida. Es capaz de unir a las personas con lazos tan bien anudados que serán imposibles de romper.

La última conversación con su “abuelito” jamás la olvidará.

- ¿Qué tal estás? ¿comiste bien? - Pedro preguntó.

- Sí cariño - dijo Adolfo, con voz entrecortada  - ¿Cuándo vendrás?

- El viernes estaré allí. No te olvides que el sábado tenemos un partido decisivo.

- ¡Cómo iba a olvidarlo! Por cierto, ¿cómo quedásteis en ese amistoso contra el Ávila? - Su "abuelito" parecía estar más lúcido que días atrás.

- Empatamos. No habíamos entrenado lo suficiente, faltaba unión - replicó Pedro, sin ahondar en los detalles.

- El estar compenetrados lo es todo, en el fútbol y en la vida. ¿Disfrutaste?

- Mucho abuelito.

- Eso es lo realmente importante.

Pedro echó un vistazo a la foto de los dos en su mesilla de noche.
- No olvides que te quiero mucho. Cuídate para que te dé un buen achuchón el viernes.

- Así lo haré cariño. Hasta el viernes - contestó Adolfo.

- Hasta el viernes.

Estos escasos tres minutos de charla, a través de un teléfono y a más de 500 kilómetros de distancia, serían las últimas palabras que ambos intercambiarían. Lo siguiente ya lo conocéis.
Tres días después de su marcha Pedro regresó a Ávila. El deber llamaba, la vida seguía sin detenerse. A pesar del dolor de la despedida, siempre estará agradecido de haber disfrutado de su “abuelito” durante 27 años, de haber vivido instantes tan intensos junto a él. Cada vez que vea un partido en televisión o eche una “pachanga” con sus amigos sonreirá. Su “abuelito” estará presente.



domingo, 10 de junio de 2018

El creciente impulso del feminismo

Este movimiento, estaréis de acuerdo conmigo, se ha puesto de moda en los últimos tiempos. Más que un movimiento, a mi personalmente me gusta referirme al feminismo como una teoría, una manera de pensar y actuar que nos define. Pero, ¿Qué es realmente? Es una forma de vida; es la búsqueda activa de la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres; es condenar la discriminación por razón de género; es el fomento del respeto, de la corresponsabilidad.
Esta definición me la podéis atribuir en calidad de autor, es original y espontánea de principio a fin. Me limité a plasmar en el papel mis pensamientos, conforme iban apareciendo, simple y llamamente. Espero que cumpla con vuestras expectativas. "Vale Álvaro, puesto así como tú lo pintas, ¿solo puede ser positivo y beneficioso?" Absolutamente. No se me ocurre ni una sola característica de tintes negativos que pueda, de alguna manera, quedar vinculada al feminismo.
Visto de esta forma parece hasta sencillo. Es más, quien no se considere feminista, desde este preciso instante, ha de quedar catalogado de machista. Sin derecho a tambor ni a un juicio justo; por no promover la no discriminación. Ojalá fuera así de fácil...
Resulta que hace unos días estuve dando una charla al APA y parte del profesorado de un colegio. La temática, por supuesto, incluyó la violencia de género, su problemática en edades adolescentes y las TICs (Tecnologías de la Información y la Comunicación). Siempre me gusta, al inicio de mis conferencias, romper el hielo con algunas preguntas y una breve proyección de vídeo. Ese día elegí, como casi siempre, empezar con: ¿Cuántos/as de vosotros/as os consideráis feministas? Así, en frío.  Les pedí que levantaran las manos en señal de afirmación. De unas 40 personas con las que contaba entre el público asistente, solo 3 ó 4 alzaron uno de sus miembros superiores. Entre esta minoría, estaba mi mujer. Decidí levantar yo también la mía, a ver si así la influencia del "especialista" inclinaba la balanza del lado de la igualdad. Cuál fue mi sorpresa cuando solo 2 ó 3 más se animaron a seguirme. Y, todo sea dicho, solo mujeres.
La siguiente pregunta que planteé no podía ser otra que: ¿Alguien de los aquí presentes se atreve a definir el término feminismo? Un señor de unos cuarenta años, muy decidido él, llamó mi atención y sin dudarlo ni un momento le di la palabra. A grandes rasgos vino a decir algo así como: "Sí, el feminismo es parecido a lo que vemos estos días en televisión. Mujeres radicales que reclaman poder a golpe de insulto, griterio y quejas varias. Desde lo de la Manada se ha agravado". Varios y varias en la sala emitieron sonidos de conformidad, de aceptación. Ahora sí estaba en mi salsa.
Tenía un buen toro de lidia por delante, eso sí es cierto. Sin embargo, todavía no he tenido el placer de conocer personalmente al miedo. No es algo que me preocupe, ni mucho menos. Retomé las riendas del coloquio, expliqué conceptos con una buena dosis de cariño y respeto (solo así calan las enseñanzas). A pesar de la esperada polémica y algún que otro debate esperado, tuve éxito. Conseguí convencerlos de que la igualdad era de justicia; de que el feminismo era algo positivo, necesario. Esa visión planteada en los primeros compases no podía atender a otra razón que no fuera un intento del patriarcado de mantener sus privilegios. Una defensa a lo "gato panza arriba". La tarde fue muy agradable y amena, con el público muy participativo en todo momento. Un deleite.
Aun así, de camino a casa reflexioné sobre lo ocurrido. Los que me conocéis sabéis que en mis argumentos nuncan faltan ciertos elementos, a mi juicio, esenciales en el debate feminista. El primer argumento que suelo esgrimir es la necesaria implicación del varón en esta contienda. Una participación de respaldo, de apoyo, pues es la mujer la que reclama el protagonismo y por tanto, debe llevar la voz cantante. Si queremos convencer a la otra mitad de la humanidad (al caso, la mía) de que la igualdad en todos los frentes es de justicia, tenemos que implicarlos. No solo eso, hemos de convencerlos. No nos queda otra opción.
El segundo argumento es de sentido común y conocimiento universal: si queremos algo lo pedimos por favor, recurrimos al diálogo desde la cordura. Lo hacemos una vez, lo hacemos dos veces y si a la tercera no se nos escucha nos "echamos a la calle". Por supuesto, de forma pacífica. El 8M supuso un giro de 180º en nuestra causa. Ya lo decía al principio: el feminismo se ha puesto de moda.

jueves, 17 de mayo de 2018

La denuncia en violencia de género

Desde la habitación de un hospital en mi Málaga del alma, con tiempo de sobra para elucubrar y hasta soñar, vuelvo a este lugar, mi rincón literario, mi hogar. Tuve que pedir a mi madre que se desplazara a una papelería cercana para comprar una libreta y un bolígrafo. ¡Lo sé! Vivimos en la era post-tecnológica. De hecho, os confesaré que ostento un nivel avanzado de mecanografía (con esfuerzo y constancia todo llega). A pesar de ello, no podréis negarme que no hay nada como el papel y la tinta, es una sensación que supera con creces al sonido de las teclas de un teclado, cuando tus dedos impactan contra ellas. Nada que ver.

Antes de empezar debo comunicaros que saldré "vivito y coleando" de este sobrevenido ingreso hospitalario. No le dediquéis ni un segundo de vuestro tiempo a preocuparos por mi salud, estoy fuerte como un roble. En un par de días, entero, de una pieza y más fresco que una lechuga volveré a dar guerra. Una dichosa amigdalitis (las clásicas anginas de toda la vida, vaya) derivó en una complicación inesperada, que acabó inflamando en exceso mi garganta y me trajo hasta aquí. Como os digo, si Dios quiere el jueves estaré en casa rodeado de los míos.

Ahora sí. Hecha la correspondiente introducción, es momento de entrar de lleno en faena con un tema que está de indiscutible actualidad: la violencia por razón de género. Llevamos varios días recibiendo información estadística sobre el pasado ejercicio (incluso acumulados que hacen comparaciones entre varios años). Un baile de cifras en el que, por regla general, entran en juego las siguientes variables: número de denuncias frente a número de órdenes de protección dictadas (en fase de instrucción como medidas cautelares), así como este último dato o valor frente al número de sentencias condenatorias. Soy conocedor de que existen otros muchos mensurables que acompañan a los tres recién introducidos, sin embargo, por economía literaria me centraré en el análisis de estos.
En este sentido, mi pretensión con esta entrada es invitar al lector/a a la reflexión, con fortuna hasta al debate. Para ello intentaré abarcar los factores de mayor interés que condujeron a la consecución de los resultados que analizaré, y no a otros distintos.

Comenzamos. En lo que respecta al número de denuncias la tónica generalizada es incremental. Se está registrando un aumento en el número de atestados instruidos por las FFCCS (como documento de inicio del procedimiento penal más habitual y que, además, me afecta de lleno), ascenso que podría ser explicado en base a varios motivos.

En primer lugar, destaca sobre los demás la incipiente exposición y visibilización de la violencia machista. Hay más conciencia social, eso es innegable, aparte de un mayor apoyo externo e institucional. Esto genera en la víctima una sensación de seguridad, son cada vez más las mujeres que deciden enfrentarse de cara a su maltratador.

En segundo lugar, motivo que entronca de manera directa con el anterior, aparece la creciente confianza en los Cuerpos policiales. La especialización es una realidad; la mayor cercanía a la población, un hecho tangible y consolidado. Campañas de prevención, charlas en diversos foros, participación en jornadas... La Policía se ha hecho visible, está ahí cuando se la necesita. Os invito a explorar el Twitter de la Policía Nacional para que comprobéis la veracidad de mis afirmaciones. A día de la fecha, están acariciando la cifra de 3.200.000 seguidores, a la cabeza de todas las Policías del mundo. Es un orgullo representar "el azul", una auténtica maravilla.

En tercer y último lugar, no por ello menos importante que los anteriores, debo destacar el positivo efecto del feminismo. Hablo del movimiento que lleva como bandera la mesura, la razón y el diálogo, por supuesto. La búsqueda de la igualdad real de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres, sin lugar a dudas, va por buen camino. Siempre lo digo y no me cansaré de repetirlo: hay que implicar al hombre en esta lucha; para lograr el éxito es fundamental su participación activa y en papeles protagonistas.

Con esto he querido decir que la subida no se debe a un incremento en la violencia machista, no señora. Este ascenso en las denuncias, bajo mi humilde opinión, responde al proceso de visibilización del maltrato. Aún así, todavía me atrevo a afirmar que estamos viendo solo la punta del iceberg. Seguimos.

Analizada la cifra de denuncias, pasaré sin más preámbulos a los datos referidos a las órdenes de protección y las condenas. Con las oportunas correlaciones, claro está. Para el análisis propongo partir del siguiente interrogante: ¿cómo es posible que de un total de 166.620 denuncias solo se obtengan 38.501 órdenes de protección? En una palabra: 416.

Obviamente existen otras causas que explican esta desproporción, no obstante, la dispensa se lleva la palma. El artículo 416 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal recoge la dispensa de la obligación de declarar, en virtud del principio de solidaridad. Incluye una lista de relaciones o vínculos entre víctima y victimario en las que es de aplicación su contenido. A nosotros nos interesa el plano afectivo, la unión de tipo sentimental. Pero, ¿la relación ha de estar vigente para que sea de aplicación? Así es, concretamente a la fecha en que se produce el hecho violento a denunciar. Dichosa solidaridad. No me malinterpretéis por ser tan espontáneo, hay que ser solidario y caritativo, absolutamente. Sin embargo, cuando se trata de vencer a este gigante no debemos mostrar fisuras ni debilidad alguna. Esta, indiscutiblemente, es un auténtico talón de aquiles.

Hasta el momento todo pinta muy negro, al menos en lo que respecta al abultado desequilibrio entre número de denuncias y total de órdenes de protección concedidas. No es mi intención que así sea. Me considero alguien que afronta la vida con actitud harto positiva, por lo que intentaré sacar algo beneficioso al respecto de lo comentado hasta ahora. Eso sí, con cifras objetivas e irrefutables, para que la credibilidad sea irrebatible. Resulta que, si comparamos 2017 con 2016, percibimos un aumento de 3'4 puntos en las adopción de órdenes de protección. Sin duda, un dato halagüeño.

Decía que la dichosa dispensa nos está trayendo de cabeza. ¿Soluciones posibles? Recordad, siempre positivos/as. Visto lo visto, y es que del contenido del Pacto de Estado se infiere que no hay intención de eliminarla en un futuro próximo, tendremos que usar la imaginación y buscar vías auxiliares que nos permitan combatirla. Desde mi posición de Policía, especialista en familia y mujer, debo deciros que mi objetivo último será la interposición de denuncia, el enfrentamiento directo. No obstante, debemos mostrar cautela a la hora de optar por esta vía. Pregunto: ¿qué se requiere para tomar esta salida? Si os digo valentía, a pesar de sonar fabulosamente, os estaría engañando. Es, por desgracia, mucho más complejo que eso. Se necesita información, para empezar. Hay que decirle a la mujer lo que supone presentar una denuncia, narrar su dolor a la Policía. ¿Declaro y luego todo se acaba? Ojalá fuera así, pero estamos solo ante el inicio de un largo proceso, durante el que tendrán que contar su sufrimiento en varias ocasiones, a distintas personas a las que no conocen de nada.

Para ello, se necesitará de una buena dosis de empoderamiento. Este vocablo creado por el feminismo tiene un significado rico en matices. Empoderar es adquirir poder. Empoderar es independizar, salir de una situación desfavorable reforzada. Empoderar es recuperar la autoestima. Para enfrentarse al proceso penal, con sus retrasos y demás fallos, hay que tener seguridad en una misma. La mujer debe estar preparada para cualquier cosa, debe estar convencida de que se hará justicia y de que su ejemplo, no me cabe duda, servirá de referente a muchas otras en su misma situación. Por tanto, solo si la mujer se siente fuerte y preparada será recomendable acogerse a esta vía.

También, como no, se necesita apoyo externo. Aquí conviene que introduzca un nuevo dato que, si os soy sincero, me ha sorprendido ingratamente. De las denuncias registradas tan solo el 2% fueron presentadas por familiares de las víctimas. Quien dice familiares dice amigos/as, vecinos/as, compañeros/as de trabajo. Os recuerdo, para que así cale, el mensaje de la campaña de prevención del Gobierno de este año: "Tus amigos y vecinos sienten no haber hecho nada". Repito, conocedor de la fragilidad de la memoria humana: "tus amigos y vecinos sienten no haber hecho nada". Ya puestos hago una pequeña crítica: podrían haber hecho uso del lenguaje inclusivo en su elaboración. Anotado y para la próxima.

Erre que erre. Hay que ser cansino para crear conciencia, ¿no creéis? Vuelvo a leer el mensaje de la campaña y, dicho así, a secas, parece no tener el mismo impacto que en la fotografía. Paso a describirla para los/as más despistados/as. En ella se ve la puerta principal de una vivienda, de cuyo pomo cuelga un centro de flores con una banda cruzada. El mensaje se encuentra escrito en la banda, perfectamente visible. Ahora sí, ahora ya me quedo tranquilo. Solo quería que apreciarais el alcance de este apoyo, tal vez se podrían evitar muchos de los asesinatos. En esta línea, aprovechando que el caso todavía está en el candelero, pondré de ejemplo lo ocurrido en el campo de tiro de Las Gavias, en Granada. Allí murió una pareja joven a consecuencia de varios disparos. Él se suicidó, no sin antes acabar con la vida de ella. Esta afirmación la baso en los informes revelados en los últimos días. Resulta que al respecto dicen las amigas de la víctima que "sabían que era una relación tóxica y que estaba sufriendo maltrato psicológico". Voy, si me lo permitís, más allá. La chica había pedido auxilio a través de varios audios, en los que también revelaba que su pareja tenía problemas mentales. ¿Qué hicieron para ayudarla? Nada. Por favor, que no os pase a vosotras lo mismo con un ser querido.

Y así nos acercamos al final de esta entrada, con el análisis de las condenas. Mira que me propuse ser breve al comienzo, ni con esas. Intentaré no explayarme en exceso, pues estoy seguro que mucho de lo que os pueda aportar ya lo conocéis. La violencia de género es un tipo de delito que, por su forma de acontecer, dificulta en gran medida la investigación policial. La razón es obvia: como norma general, ocurre en el ámbito íntimo, en la privacidad del domicilio, fuera de la mirada de terceras personas. Además, por si fuera poco, contamos con otro hándicap que obstaculizará su averiguación. Resulta que el maltratador no desea ser descubierto, es decir, en su proceder tomará las precauciones necesarias para que su actuación trascienda lo mínimo al exterior. Nunca olvidaré como Marina Marroquí, durante un curso de especialización al que asistí en Madrid, nos decía: "la violencia física es un fallo del maltratador. No está dentro de su hoja de ruta, pues una agresión deja marcas y podría exponerlo." ¡Cuánta verdad hallo en tus palabras, Marina! Gracias de corazón.

Todo esto que os cuento supondrá un obstáculo, casi nunca insalvable, a la hora de recopilar indicios que refuercen las manifestaciones de la víctima. No está demás recordar que, para enervar la presunción de inocencia es necesario un plus, una carga probatoria suficiente. A esto habría que unir, de nuevo, la posibilidad de que la mujer se acoja a la maldita (con perdón) dispensa. Como os lo cuento, ella se puede arrepentir en cualquier momento, mientras su proceso penal siga vivo. ¿Y qué pasa con lo declarado hasta la fecha?, ¿no sirve? Desgraciadamente no. Ese era otro caballo de batalla importante que, a día de la fecha, todavía no ha alcanzado su objetivo: permitir traer a la vista oral manifestaciones previas de la víctima. Por ejemplo, aquellas vertidas durante la fase de instrucción del procedimiento. Seguiremos reclamando más recursos y mayores facilidades; si algo nos caracteriza es la persistencia.

Bueno, ¿entonces qué se puede hacer para llegar al final de proceso penal con éxito? Se puede hacer mucho. Nosotros/as (mi equipo de trabajo) analizamos hasta el más mínimo detalle, en busca de elementos que desequilibren la balanza a favor de nuestra superviviente. Elaboramos informes vecinales: para ello nos entrevistamos con los vecinos/as de los implicados, les ofrecemos la posibilidad de acogerse a la figura del testigo protegido. Aquí apelamos a la humanidad, a la solidaridad. Si vemos que lo que pueden contar es relevante, les decimos que su testimonio es fundamental para salvar a su vecina; que su bienestar está en sus manos. También recabamos informes de los Servicios Sociales e historiales médicos completos, en busca de alguna agresión registrada en el pasado. Derivamos los menores a las Unidades de Valoración, para ser explorados por especialistas y conseguir extraer un relato consistente. Asimismo inspeccionamos el lugar de los hechos, buscamos desórdenes poco habituales, enseres rotos. De todo lo que pudiera ser interesante policialmente, tomamos fotografías. Estas son algunas de las herramientas a nuestro alcance, siempre listas para ser usadas en ayuda de la mujer.

En definitiva, hay salida. Se puede derrotar al machismo; se puede vencer a la maldita (no puedo evitarlo...) dispensa. Desde aquí también hago examen de conciencia y recojo parte de la culpa. Todavía nos queda mucho por cambiar, numerosos caminos por explorar. Estamos, sin duda, inmersos en un ciclo de mejora continua. Os dejo una propuesta para la reflexión: la coordinacion entre todos los organismos implicados en esta lucha es clave. ¿Es una utopía soñar con conseguir, en cada ciudad de España, un sistema de atención a víctimas tipo "ventanilla única"? Es decir, que la mujer acuda a una Comisaría y reciba una atención integral. Abogada especializada, psicóloga para situaciones de crisis, Policía investigador y protector... Para mí, sería lo más parecido al paraíso.

Sin más me despido. Hasta la próxima, bloggers. Y recordar: el feminismo es la búsqueda de la igualdad de oportunidades y derechos entre hombre y mujeres. Punto y final.

P.D.: publico esto desde el salón de mi casa, por lo que mi predicción de alta hospitalaria se cumplió.