UN SÁBADO CUALQUIERA EN CÓRDOBA

UN SÁBADO CUALQUIERA EN CÓRDOBA
UNA DE BUENOS AMIGOS

viernes, 15 de enero de 2021

La ruta 2 del Sansueña

 La mañana era lluviosa y desapacible. Por suerte, la parada del autobús me pillaba a escasos doscientos metros del portal de mi casa. Para un chaval de catorce años, en buena forma física, el paraguas sobraba. Mi madre, en sus trece, gritaba desde el salón: “Álvaro, no se te ocurra irte sin el paraguas”. Todo sea por llevar la contraria. Al final salí sin él, total, cuando se enterara yo ya estaría camino del colegio, cómodamente sentado en mi asiento. ¡Qué sería de mí sin estos toques de rebeldía!

Llegué a la parada en un abrir y cerrar de ojos, tal como había previsto. Lo que no tenía calculado era la cantidad de agua que puede descargar un solo nubarrón en cuestión de segundos. Las zapatillas J’Hayber no fueron rival para la lluvia y me subí al autobús con los calcetines empapados. Mi madre volvía a salirse con la suya. “Siempre tiene razón, jolines”; me censuré, aunque nunca se lo admitiría. A cada pisada, por los diminutos agujeros del lateral de mis bambas, salía un significativo volumen de agua. Nada más poner un pie en el pasillo, me encontré con don Juan de bruces. Con sus ojos clavados en mis pies declaró: “No podrías haber cogido el paraguas para llegar hasta aquí, ¿verdad?”. Desvié la mirada, arrepentido. Finalmente alcancé a decir, entre balbuceos: “Lo siento, don Juan”. Por respuesta meneó la cabeza de lado a lado, en clara señal de desaprobación y se apartó un poco, lo suficiente para que pudiera seguir la marcha hasta mi asiento.

A mi llegada, como siempre, me esperaba Emilio. Su amplia sonrisa anticipaba lo que estaba por llegar: “No sé cómo te las apañas, pero todos los días te llevas la bronca tío”; a mitad de camino en la frase, ya había comenzado a emitir sonoras risotadas. Le di un buen coscorrón para que se callara. Esta vez se lo había ganado. “¡Eh! Que no tengo yo la culpa de que seas un rebelde sin causa”; protestó, visiblemente molesto por el golpe. Decidí cambiar de tercio para apaciguar las aguas – nunca mejor dicho -: “Supongo que habrás estudiado para el examen de mates. La última vez don Juan te aprobó de milagro, y no creo que lo hiciera gracias a tus amplios conocimientos”; las dos palabras finales las revestí de un ligero toque de ironía. Emilio era bueno en muchas cosas. Así, a bote pronto, se me ocurren las siguientes: lengua, historia, plástica, educación física… Básicamente todo a excepción de las mates. Afortunadamente para él, estas eran mis favoritas. “Saca el libro, cabezón. En veinte minutos de trayecto se pueden hacer maravillas”; le dije, al tiempo que acompañaba la frase de una cariñosa palmada en el hombro. No en vano éramos mejores amigos.

Transcurridos diez minutos desde mi encontronazo con el temporal, don Juan recorrió la distancia que separaba su asiento, en primera línea, hasta el nuestro, justo después de la puerta de en medio. Al tener la abertura justo delante, la hilera de dos plazas que ocupaba ese lugar venía provista de una barra de protección, para evitar que un frenazo te catapultara hacia el hueco. A dos adolescentes rebeldes como nosotros nos gustaba poner las piernas en alto y recostarnos. La postura nos hacía parecer más chulos de lo que, en realidad, éramos. El maestro llegó a nuestra altura. Solo con la mirada, un servidor y su inseparable bajamos las piernas iso facto, irguiendo nuestros cuerpos. Él, por su parte, se dedicó nuevamente a menear la cabeza lateralmente. Era su forma de decirnos: “No sé qué voy a hacer con vosotros”. Enseguida ocupó el asiento libre que quedaba a mi izquierda (ya que a Emilio le gustaba viajar en la ventana y, como se subía en una parada anterior a la mía, tenía preferencia), miró mi regazo, donde descansaba el libro de mates, y dijo: “Si vuestro comportamiento fuera la mitad de bueno que vuestros resultados, seríais unos alumnos de diez. De hecho, debéis saber que en la vida es más importante ser amables y sinceros que unos eruditos”. Decidí interrumpirle para salir de mi ignorancia: “Perdone que le interrumpa, don Juan, ¿qué es un erudito?”. “Alguien que sabe mucho sobre algo”; contestó. Asentí en señal de comprensión. Inmediatamente prosiguió: “Álvaro, estoy seguro de que tu madre te insistió para que cogieras un paraguas. Te conozco como si te hubiera parido”. Era un reproche, pero por su tono de voz sonó cercano, agradable. No fui capaz de engañarle: “Sí, don Juan. Me lo repitió varias veces. La última a grito pelado desde el salón, cuando iba a marcharme”. Volví a agachar la cabeza sin darme cuenta. “Y dime, ¿por qué no le hiciste caso?” ; añadió. “No lo sé, por molestar supongo”; respondí, al tiempo que le guiñaba un ojo a Emilio para restarle importancia a mi concesión. Él rio y yo, para no variar el guion, le acompañé. Don Juan, inesperadamente, también lo hizo, emitiendo una carcajada sonora, espontánea. Natural, en definitiva. A ambos nos dejó descolocados. “La verdad es que es gracioso. No le haces caso por molestar y acabas subiendo al bus calado hasta los huesos”; dijo, entre risas. Ahora sí que nos había descolocado de verdad. “Tu madre te dice que cojas el paraguas porque está lloviendo a cántaros y tú, por darle por saco, sales por patas sin él y acabas empapado”. Emilio, lejos de echarme un capote a estas alturas, abrió el pico para hacer leña del árbol caído: “Joder, don Juan, tienes más razón que un santo”. Miré a uno y otro, alternativamente, durante varios segundos. El pesado silencio se rompió por una nueva oleada de jolgorio: más risas y aspavientos con los brazos hicieron que me diera cuenta de lo estúpido de mi decisión. Don Juan concluyó la charla: “Eres capaz de lo mejor, como ahora con Emilio, ayudándolo a sacar el examen; y de lo peor, antes, con tu madre. Piénsalo”. No hubo tiempo para la réplica. Habíamos llegado a nuestro destino.



                                                                                                                     

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Un relato para la esperanza en el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer

 Todo empezó hace dos semanas. No sabría deciros exactamente si un martes o un miércoles; la memoria es frágil, como tantas otras cosas.  María, mamá de Daniela, se plantó en la Comisaría Provincial de Málaga en busca de ayuda. Estaba desesperada.

Seis meses antes su hija (19 años) había conocido a un chico, Jesús, algo mayor que ella. Al principio todo parecía normal, una relación incipiente entre dos jóvenes con ilusión por compartir. Al principio solamente. Pronto la cosa iba a cambiar: a Daniela se le empezó a borrar la sonrisa de la cara. Se mostraba irascible con habitualidad. Contaba María que tenía que medir las palabras para no provocar su enfado. La relación madre-hija se fue deteriorando.

Aproximadamente a mediados de octubre la mujer encontró una explicación a los cambios: su hija estaba siendo maltratada. Lo supo porque un día se ausentó sin previo aviso, algo poco común en Daniela. Desde su preocupación de madre, tras pasar la joven la noche fuera de casa, decidió llamar a una amiga para preguntarle por su paradero. Ella, lejos de esconderle la verdad, le narró con pelos y señales la situación: Daniela se había convertido en víctima de violencia de género. María, que en parte se lo esperaba, le preguntó por cómo lo sabía, a lo que la chica le contó que Daniela se lo había dicho. A veces, coincidiendo con las explosiones violentas, abría momentáneamente los ojos y la llamaba entre sollozos. Jesús le controlaba el teléfono, la insultaba, se mostraba celoso hasta extremos insospechados. Refirió, además, que hacía unos días, estando en casa de otra amiga en común, el joven la agredió en la vía pública, teniendo los vecinos que llamar a la Policía.

María estaba desconcertada. Sentía pavor por lo que le acababa de revelar Josefa, íntima de Daniela. Decidió abordarla de frente. Total, entre ellas no había secretos. ¿El resultado? Nada satisfactorio, para que os voy a engañar. Daniela admitió los hechos parcialmente. Jesús "perdía a veces los papeles", pero lo hacía siempre por amor. María tenía que entender que se trataba de un joven impulsivo, incluso apasionado a ratos. Ella, lejos de comprender y achantarse, le pidió a su hija que recapacitara, que dejara la relación y volviera a casa, a su lado. A esas alturas Daniela ya pasaba muchas noches con su novio y tenía pensado irse a vivir con él. 

La reacción de Daniela fue enfadarse, primero, y huir, seguidamente. La joven se dio cuenta de que su madre no era capaz de comprenderlo, tal y como le había dicho Jesús. "Lo suyo solo lo entendían ellos; era algo especial". Y ella lo quería con locura. Así las cosas, le dijo a su madre que la dejara tranquila, para a continuación marcharse con él y reducir los contactos al mínimo.

Recuerdo que la entrevista inicial con María fue muy dolorosa: entre lágrimas, la mujer intentaba explicarnos la situación, mezclando los detalles y confundiendo frases. Tras una labor enorme de dos compañeras especializadas de mi Grupo, conseguimos calmarla y elaborar un acta de denuncia bastante completa. Una madre nunca abandona a su hija.

A partir de la declaración de María, comenzaron diez días de intenso trabajo: conseguimos rescatar el parte de la intervención policial derivado del episodio violento ocurrido en la calle y localizamos a varios testigos, tanto del entorno de Daniela como miembros del vecindario donde tuvo lugar la presunta agresión, allá por el mes de octubre. La declaración más valiosa se llevó a cabo bajo la protección de la figura del testigo protegido. Un ser querido de nuestra protagonista dio un paso al frente para auxiliarla: narró la situación de forma precisa, aportó archivos de audio y manifestó haber presenciado, en vivo y en directo, parte del suceso violento antes descrito. No en balde tuvo lugar junto a la puerta de su bloque de pisos.

Con toda la información a nuestro alcance decidimos ir a por Jesús. Teníamos indicios suficientes de la existencia de delito y de su implicación en él, así que se le detuvo a finales de la semana pasada. Sin embargo todavía quedaba la parte más complicada: Daniela. La misma agente que trató con su madre María, acompañada por otro especialista, estuvieron con ella más de dos horas. Había que poner toda la carne en el asador; anhelábamos protegerla y acompañarla. Finalmente consiguieron que se "derrumbara": narró la agresión de octubre, sin esconderse.

A la mañana siguiente la fiscal de guardia, amiga a estas alturas del partido, me escribió sobre el asunto. Dijo que le preocupaba sobremanera. Hablamos brevemente de los aspectos de mayor interés y quedamos en que me mantendría al tanto de todo. Al ratito recibí otro whatsapp, en el que me contaba que Daniela se había ratificado en su declaración y que iba a intentar que Jesús se conformara. Tocaba oír al investigado. Quedé a la espera, ávido de buenas noticias.

El mensaje llegó exactamente a las 13:12 del viernes. "Se conformó"; a lo que se acompañaban varios emoticonos de celebración. Jesús fue condenado a 2 años de alejamiento y seis meses de prisión, sustituida esta por el curso en igualdad y fomento del respeto en las relaciones de pareja. Le vendrá de maravilla lo último, todo sea dicho. Habíamos ganado. María, mamá de Daniela, y ese ser querido que también saldría en su defensa, nos dieron una lección de valentía. Ellas volvieron a demostrar que el apoyo externo es fundamental para combatir esta lacra. Desde aquí, os doy las gracias, en nombre propio y de mi Grupo.

P.D.: todos los nombres que he empleado en este breve relato son ficticios por razones obvias.



viernes, 11 de septiembre de 2020

Quebrantamiento de condena o medida cautelar en el ámbito de la violencia de género

El quebrantamiento alude a la vulneración de una medida impuesta judicialmente, cuyo objetivo es, en el supuesto que nos ocupa, proteger a la víctima cuando existe un riesgo objetivo para su seguridad. La naturaleza de la medida puede ser cautelar - recogida en auto, con vigencia, siempre que no cambien las circunstancias, mientras se sustancia el procedimiento penal - o firme, es decir, dictada ex sentencia condenatoria y en el formato de pena accesoria. En violencia de género, este castigo suele aparecer como complementario a una pena de prisión, multa o trabajos en beneficio de la comunidad, por ejemplo. Ya sea de una manera u otra, el (presunto) agresor se verá obligado a alejarse de la víctima, así como, si así se contempla en el auto o sentencia, de su domicilio, lugar de trabajo y/o sitios que frecuente; además de, por regla general, imponérsele la prohibición de comunicarse con ella, por cualquier medio.

El alejamiento, salvo excepciones, suele establecerse en 500 metros, distancia propuesta por las Fuerzas policiales como mínima para asegurar la llegada de los actuantes al lugar de la comisión del delito, si se notifica un quebrantamiento. De esta forma, a efectos operativos, se establecerán dos zonas de exclusión: una fija, en relación al domicilio habitual de la víctima y su lugar de trabajo (como sitios más habituales a incluir en el auto/sentencia judicial); y otra móvil, cuando va referida a la víctima, o sea, que se encuentren en la vía pública, por ejemplo, y el investigado/condenado, en lugar de pasar de largo, se dirija a ella verbalmente o le haga algún gesto, del tipo que sea.

La incomunicación, por su parte, hace referencia a todo medio telemático, postal o de la naturaleza que fuere, que permita hacer llegar un determinado mensaje a la persona protegida. También contempla la jurisprudencia, a través de reiterados y consistentes pronunciamientos judiciales, que el quebrantamiento puede tomar forma por mediación de terceras personas a quienes el investigado/condenado solicita trasladen una comunicación a la víctima.

Resulta de gran interés mencionar, por su imperiosa actualidad, el contenido de la STS 650/2019, de 20 de diciembre, sobre la relevancia penal de llamadas que no son atendidas por la víctima, ya sea voluntaria o involuntariamente, siempre que podamos acreditar, a través de gestiones de consulta directas, la titularidad del número de abonado desde el que se efectúan las comunicaciones. En esta línea tendríamos, como prueba documental que acompañaría al testimonio de la declarante, el registro de llamadas de su teléfono. El número llamante podrá ser comprobado, en los primeros compases de la investigación, mediante bases de datos policiales, en las que la numeración en cuestión pudiera aparecer asociada a una persona determinada, que en algún momento pasado interpusiera una denuncia y lo aportara como medio de contacto, por ejemplo. Si estas gestiones inmediatas de búsqueda no dan resultado, y no se consigue determinar la identidad del llamante, procedería el cierre de las diligencias haciendo constar las sospechas de la denunciante y la remisión a la Autoridad Judicial, dando cuenta al Grupo de Investigación de la U.F.A.M. correspondiente  (en el caso de la Policía Nacional) para que inicie una investigación más detallada al respecto.

Por último, quisiera hacer una breve alusión al apartado 3 del artículo 468 del Código Penal, en el que se recogen varias conductas relacionadas con incumplimientos derivados del correcto mantenimiento de los dispositivos electrónicos (o pulseras, usados para controlar las medidas impuestas): destaca, sobre todo, la manipulación intencionada o la descarga completa del equipo. Esta última conducta es de omisión pura y supone, en todo caso, la comisión del delito de quebrantamiento. Cuando esto ocurre el Centro Cometa, encargado de la gestión y el seguimiento de los dispositivos, avisa a los agresores de que la batería está a punto de agotarse para que la pongan a cargar. Si no lo hacen, a pesar de notificársele esta circunstancia, el dolo quedaría más que probado. De hecho, estos supuestos van a requerir una actuación urgente, empezando por la comisión de un indicativo al último lugar donde posicionó el autor y una rápida localización de la víctima, al objeto de dotarla de protección policial hasta que aquel sea localizado y detenido.





domingo, 10 de mayo de 2020

La violencia de género durante el confinamiento


Hace unos días tocó hacer balance de las cifras al respecto de la violencia cometida sobre la mujer pareja durante el confinamiento. Fue durante el telediario de mediodía del canal local 101TV Málaga. Para ello hice acopio de los datos oficiales, comprendidos entre el 15 de marzo y el pasado 6 de mayo (día en que tuvo lugar la entrevista), relativos a las actuaciones de Policía Nacional por violencia de género en la capital de la Costa del Sol. El total ascendía a 115. 

Para hacerme una idea de las implicaciones que este escenario inédito ha supuesto, y poder interpretar la incidencia de casos, comparé el dato con el obtenido durante el mismo periodo temporal del año anterior. En 2019, 167. Un descenso porcentual del 32%. 

¿Esto qué significa? ¿Hay menos violencia de género bajo el vigente estado de alarma? ¿De qué manera podemos explicar esta sustancial bajada? Lo único que podemos concluir sin margen de error es que las estadísticas representan el número de hechos conocidos en un ámbito delictivo concreto, pero, por desgracia, no recogen la criminalidad real registrada en toda su extensión. Existe lo que conocemos como cifra negra, es decir, conductas delictivas que no se denuncian ni son detectadas por las Instituciones. Esto, por si fuera poco, se ve amplificado en el ámbito de la violencia de género, donde multitud de factores (miedo al agresor, dependencia emocional y económica, vergüenza o temor a no ser creída, etc.) determinan que las víctimas opten por callar y sufrir en silencio, en el peor de los casos, o que se acojan a otras vías de salida distintas a la denuncia, en el mejor, siempre que las termine por convertir en supervivientes.

Resulta que todo lo que sabemos, teórico y práctico, aplica a un escenario de normalidad, en el que convivimos en sociedad sin más limitaciones que el respeto por la libertad de los demás. La crisis sanitaria motivada por la irrupción del COVID-19 cambia por completo las reglas del juego: estamos ante una situación inédita. Esto implica que explicar el decrecimiento en lo relativo a hechos conocidos se base en hipótesis que, bajo las actuales circunstancias, no puedan por el momento ser verificadas. Sin embargo, sí podemos afirmar que las múltiples aristas de esta lacra social determinan que no pueda existir una única explicación que abarque toda su complejidad, sino que es necesario una combinación de varias teorías. Veamos algunas brevemente.
 
Se ha hablado, en primer lugar, de reacciones adaptativas por parte de la mujer víctima. El instinto de supervivencia las lleva, ante la situación de confinamiento, a amoldarse a los cambios, con el solo objetivo de “no despertar a la bestia”. El hecho de que los hijos pasen un mayor tiempo en casa y la masiva pérdida de empleos suponen una modificación nada desdeñable del contrato familiar: las tareas en el hogar y el cuidado de los menores, por ejemplo, han de acometerse de forma distinta a lo que estábamos acostumbrados. Y al maltratador no le gusta asumir responsabilidades familiares, os lo aseguro. Ante este nuevo enfoque, ellas aguantarán carros y carretas con tal de no enfadarlos. Primera teoría explicativa del descenso.

En segundo lugar, tendríamos las mayores facilidades con que se encuentra el agresor para controlar a la víctima: antes del COVID-19 ellas iban a sus lugares de trabajo, salían a tomar café con amigas (siempre y cuando lo tuvieran permitido). Desarrollaban, en definitiva, una vida social más intensa. La situación actual supone que ellos las tengan a mano, bajo control. Recordemos que la motivación principal de esta conducta delictiva, por lo general, prolongada en el tiempo, es la dominación y el sometimiento. En su casa el agresor lleva los pantalones, nunca mejor dicho. Todo esto podría suponer un menor número de explosiones violentas. Segunda teoría.

Aunque pueda parecer que, con las anteriores explicaciones, el maltrato se ha visto mermado; la realidad no es, lamentablemente, tan halagüeña. Ellas siguen sumidas en el clima de terror instaurado en sus propios hogares; en su día a día de insultos y humillaciones. Lo que se ha podido ver reducido es el número de episodios violentos graves, tras los cuales las víctimas tendrían instantes de claridad y duda que, bajo las circunstancias apropiadas, las llevarían a denunciar su situación.

La última teoría que esgrimiré muestra tintes menos “optimistas” en la lectura e interpretación de los datos. Esta apuntaría a que la violencia, lejos de retroceder, ha ido en aumento por el estrés que supone la incertidumbre y las novedosas circunstancias de vida. Sin embargo, debido al encierro, ellas no ven la manera de solicitar ayuda. Están encerradas en su propia casa junto a sus verdugos.
Para evitar el aislamiento al que se refiere esta tercera hipótesis se han habilitado recursos adaptados a este escenario sin precedentes: el botón SOS de la aplicación AlertCops, los teléfonos de asistencia psicológica vía Whatsapp del Ministerio de Igualdad o la iniciativa “Mascarilla19”; entre otros. No podemos abandonarlas a su suerte.

Como conclusión lanzaré dos mensajes que considero de enorme interés: por un lado, vuelvo a apelar al apoyo externo. Reconozco que peco de reiterativo, pero es algo que asumo con satisfacción. Los miembros del vecindario pasan más horas en casa y eso los sitúa en una posición privilegiada de detección. Mirar hacia otro lado no es una opción; descuelguen el teléfono y marquen el 091, el 062 o el 112. Por ellas.

Por otro lado, no quería marcharme sin puntualizar que, hasta que no llevemos un tiempo prudencial en lo que se ha bautizado como “nueva normalidad”, no podremos contrastar hipótesis y sacar conclusiones al respecto de las estadísticas relativas al periodo de confinamiento. Desconozco si una vez se levante todas las restricciones experimentaremos un incremento inusitado en los casos detectados, porque, todo lo que han “tragado” durante el encierro, que no denunciaron debido al control constante de sus maltratadores, saldrá a la luz con la vuelta a la rutina. Toca esperar, estar atentos por si se nos necesita. Esta lucha está todavía en plena ebullición. No caigamos en la complacencia.




Fuente: Cartel de la campaña de prevención de la violencia de género durante el estado de alarma del Gobierno de Canarias

sábado, 28 de diciembre de 2019

Carta a los Reyes Magos


Queridos Reyes Magos, este año me he portado de maravilla, aunque esto es algo que vosotros ya sabéis. Lo de “Magos” no es un calificativo inerte, en absoluto. He intentado, día sí día también, ser corresponsable, conciliador y, no menos importante, cariñoso. Porque ser hombre y dar cariño a los tuyos, sobre todo a tus hijos e hijas, no es incompatible. En el plano laboral también me he esforzado por ayudar a cada hombre y mujer que nos ha necesitado. A mí y a mi equipo, por supuesto. En unos casos lo hemos llevado a cabo con más éxito; en otros, con menos, pero siempre, sin excepción, nos hemos dejado la piel para tenderle la mano a quien demandó auxilio. La pasión por lo que hacemos es nuestro signo de identidad.

Dicho lo cual, sus Majestades reales, pasaré a enumerar mis deseos para este 6 de enero. Espero que mi carta de presentación sea motivo suficiente para darme estos “caprichitos”. Vamos allá:

Queridos Reyes Magos, en primer lugar, os quiero pedir un buen porte de esperanza, a ser posible en cantidades industriales. Para mí, como no, y para todos aquellos – y aquellas - que dedican su tiempo y sus esfuerzos a la búsqueda de la igualdad. Me refiero a aquella que persigue poner en un mismo escalón a hombres y mujeres, en lo que a derechos y oportunidades se refiere. Esperanza para seguir creyendo en la meta, para continuar, paso a paso, caminando en la dirección adecuada. Traedla, por favor, porque tirar la toalla nunca ha sido – ni será – una opción.

Queridos Reyes Magos, en línea con mi primera petición os pido, para los y las que no creen en esta justa causa, un saco repleto de gafas violeta. O moradas, que para el caso es lo mismo, a ver si con ellas puestas consiguen dejar de ver la realidad tan distorsionada. Dicen mis amigas feministas, y yo lo comparto, que una vez te las pones es imposible quitárselas. ¡Pues claro! ¿Quién podría darle la espalda e incluso, poner obstáculos, a algo tan sensato? Lo creáis o no, todavía quedan muchos (y muchas, of course) que niegan lo evidente. Lo dicho, gafas moradas a tutiplén.

Queridos Reyes Magos, por último, no puedo dejar de pediros por las familias y amistades de las 55 mujeres asesinadas en el contexto de la violencia de género en lo que va de este año. Hablo de los casos confirmados por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género, porque, aparte de ellas, existen 3 casos que se encuentran actualmente en investigación. Traedle consuelo, en la medida de lo posible, para superar esta injusticia de magnitudes colosales. Espero que dentro de unos años (los mínimos, si no es mucho pedir) echemos la vista atrás y pensemos: “Cómo era posible, allá por 2019, que casi 60 mujeres fueran asesinadas por sus parejas o ex, por el simple hecho de haber nacido, precisamente, mujeres”.

Queridos Reyes Magos, habéis podido comprobar que no he sido excesivamente “pedigüeño”, como diría mi santa madre. He querido ir al grano, para que nada se os pase y así poder tener todas mis peticiones satisfechas. Gracias de antemano por vuestro esfuerzo y dedicación.

P.D.: Os dejo un par de vasos de leche para los camellos y un plato de mantecados para vosotros debajo del árbol. Un fuerte abrazo, Álvaro.


miércoles, 22 de mayo de 2019

Más de lo mismo...

La historia se repite: no hace mucho, leía a mi querido Miguel Lorente hablar de la especie de bucle en que se encuentra atrapado el machismo (y por extensión, los y las machistas). Una y otra vez recurren a los mismos argumentos, "disfrazados" torpemente de novedosos, en un intento de socavar el decidido avance hacia la Igualdad. Y es que el feminismo lleva ya tiempo caminando, con paso firme, en busca de una meta clara: la autonomía total de las mujeres y su acceso efectivo a idénticos derechos y oportunidades que sus congéneres, los hombres.

Esta mañana, sin ir más lejos, me topaba con una de estas argucias (término más apropiado que "argumentos", ¿no creéis?). Lo más gracioso de todo es que quien la esgrime pretende, por regla general, hacernos creer que ha de tener la consideración de "verdad absoluta". ¡Claro! Como lo dice un hombre desde su pedestal, entonces debemos tomarlo como un dogma. Ahora todo encaja: ver, oír y callar, ¿no? Ya, por suerte, NO - en mayúsculas -. Este "espontáneo", desde un perfil anónimo (para qué ir de frente...), aseguraba que "las denuncias de malos tratos son recursos utilizados por las mujeres en su propio beneficio", sobre todo para acelerar los trámites de la separación/divorcio. Así, en frío. Yo, con afán dialogante, le pregunto en qué estudio o estadística se apoya tal afirmación, que según él "está demostrada". Tal y como era de esperar, alude a su supuesta dilatada experiencia en la materia - nada más y nada menos que 30 años -. Un bagaje que respalda cualquier aseveración, por torticera que sea...

Hay veces que me planteo si mis dotes de investigador estarán en proceso de merma, si habrá un gran número de mujeres que, haciendo un uso fraudulento del sistema, me la "cuelan" constantemente, sin que me de cuenta. En otras ocasiones pienso: a lo mejor, en lugar de ser "fallo" mío, la explicación recae en que estos "espontáneos" disponen de una bola de cristal, de esas que usan las pitonisas, que cuando la frotan les "chiva" si la denunciante que tienen frente a ellos está mintiendo. Ni una teoría ni otra se sostiene, sinceramente.

Entonces, ¿dónde está el quid de la cuestión? En el eterno mandato de género, por supuesto. La construcción cultural de las mujeres como malas y perversas viene de largo: son calculadoras, vengativas, persiguen causar daño a hombres buenos, a través de estrategias psicológicas variadas, para así quedarse con la paga, la casa y la descendencia. Nada nuevo bajo el sol.

Lo que obvian cuando recurren a esta argumentación es que las cifras y los estudios científicos apuntan en una dirección muy distinta: la de considerar la violencia sobre la mujer pareja como un problema de salud pública (OMS, 2002). En concreto, los procesos judiciales de separación o divorcio no deseados por el hombre; o aquellos conflictos en torno al cuidado de los menores, se erigen en factores detonantes de la violencia. Todo lo que genere desacuerdo y, por ende, tensión, alimenta la posibilidad de que se registre una agresión. De hecho, un número considerable de los homicidios y asesinatos en este contexto se producen bajo estas circunstancias.

Y así con todo: que si las agresiones son causadas por factores externos (véanse, el alcohol o las drogas), que si todas las violencias han de tratarse como lo que según ellos son: simplemente violencias; que si los "chiringuitos" del género se lucran a costa de todo esto, etc. Repetitivo a más no poder, como si de un bucle se tratara. O tal vez sea su propio eco, que reverbera en el interior de la caverna a la que se aferran. Quién sabe.


martes, 16 de abril de 2019

Un problema de los hombres que sufren las mujeres

El título no es "cosecha propia". Con el permiso de Michael Kaufman - tácito, todo sea dicho -, doy nombre a esta nueva entrada que versará, como viene siendo habitual, sobre la violencia que ejercen los hombres sobre las mujeres. Es decir, violencia de género en el sentido amplio del término.

A estas alturas del partido, a uno le cuesta creer que existan reticencias a la hora de admitir el carácter estructural de esta problemática, por un lado, y que esta suerte de barreras, por otro, vengan de la mano de reacciones agresivas en algún que otro caso. Sobre todo en redes sociales, donde el paraguas del anonimato, en los tiempos que corren, pareciera aguantarlo todo: insultos, desprecios y toda clase de comentarios hirientes que, en una gran proporción, tienen como diana al sexo femenino. Algo que no sorprende, a la vista de las cifras oficiales sobre violencia en el contexto de las relaciones de pareja y aquella que afecta a la libertad sexual de las mujeres, por poner un par de ejemplos. Ellas suelen ser las afectadas; nosotros, los responsables.

Y es que nuevamente, si recurrimos al rico refranero castellano, encontramos un dicho que viene como anillo al dedo al caso que nos ocupa: "Quien se pica ajos come". Así de sencillo. La mayoría estaréis hartas - y hartos - de oír/leer frases del tipo: "Ser hombre se ha convertido en un peligro; nos criminalizan por el simple hecho de ser hombres; estamos expuestos a que nos denuncien falsamente; la presunción de inocencia ya no existe..." Podría seguir hasta aburriros, no os quepa duda. En esta línea escribía Miguel Lorente hace unos días: "Al machismo no le interesa diferenciar "hombre" de "maltratador" para decir que como no todos los hombres son maltratadores, en verdad ninguno de ellos lo es..." Es la estrategia de generar confusión, a través del victimismo y el "#NotAllMen", un recurso que, por desgracia, se ha convertido en recurrente en la actualidad. Con su reacción, a destiempo y carente de argumentos, demuestran que se sienten aludidos, que esto en realidad va con ellos y que, en absoluto, es su deseo ceder privilegios. Hablando en plata: se les ve el plumero.

Lo cierto es que hay que darse por aludido, pero en un sentido bien distinto: se necesitan hombres, jóvenes y activos, que deseen desconstruirse. Hacen falta nuevos modelos de masculinidad. Porque, aunque cueste entenderlo, el feminismo persigue la búsqueda de la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres. Porque, nos duela o no, el machismo es un problema del hombre que sufren las mujeres.


Termino con una cita de María Noel Vaeza, directora de programas de ONU Mujeres, en una entrevista publicada en El País en mayo del año pasado: "Los hombres deben estar en el feminismo moderno". En definitiva, el cambio depende de todos y todas.