UN SÁBADO CUALQUIERA EN CÓRDOBA

UN SÁBADO CUALQUIERA EN CÓRDOBA
UNA DE BUENOS AMIGOS

viernes, 11 de septiembre de 2020

Quebrantamiento de condena o medida cautelar en el ámbito de la violencia de género

El quebrantamiento alude a la vulneración de una medida impuesta judicialmente, cuyo objetivo es, en el supuesto que nos ocupa, proteger a la víctima cuando existe un riesgo objetivo para su seguridad. La naturaleza de la medida puede ser cautelar - recogida en auto, con vigencia, siempre que no cambien las circunstancias, mientras se sustancia el procedimiento penal - o firme, es decir, dictada ex sentencia condenatoria y en el formato de pena accesoria. En violencia de género, este castigo suele aparecer como complementario a una pena de prisión, multa o trabajos en beneficio de la comunidad, por ejemplo. Ya sea de una manera u otra, el (presunto) agresor se verá obligado a alejarse de la víctima, así como, si así se contempla en el auto o sentencia, de su domicilio, lugar de trabajo y/o sitios que frecuente; además de, por regla general, imponérsele la prohibición de comunicarse con ella, por cualquier medio.

El alejamiento, salvo excepciones, suele establecerse en 500 metros, distancia propuesta por las Fuerzas policiales como mínima para asegurar la llegada de los actuantes al lugar de la comisión del delito, si se notifica un quebrantamiento. De esta forma, a efectos operativos, se establecerán dos zonas de exclusión: una fija, en relación al domicilio habitual de la víctima y su lugar de trabajo (como sitios más habituales a incluir en el auto/sentencia judicial); y otra móvil, cuando va referida a la víctima, o sea, que se encuentren en la vía pública, por ejemplo, y el investigado/condenado, en lugar de pasar de largo, se dirija a ella verbalmente o le haga algún gesto, del tipo que sea.

La incomunicación, por su parte, hace referencia a todo medio telemático, postal o de la naturaleza que fuere, que permita hacer llegar un determinado mensaje a la persona protegida. También contempla la jurisprudencia, a través de reiterados y consistentes pronunciamientos judiciales, que el quebrantamiento puede tomar forma por mediación de terceras personas a quienes el investigado/condenado solicita trasladen una comunicación a la víctima.

Resulta de gran interés mencionar, por su imperiosa actualidad, el contenido de la STS 650/2019, de 20 de diciembre, sobre la relevancia penal de llamadas que no son atendidas por la víctima, ya sea voluntaria o involuntariamente, siempre que podamos acreditar, a través de gestiones de consulta directas, la titularidad del número de abonado desde el que se efectúan las comunicaciones. En esta línea tendríamos, como prueba documental que acompañaría al testimonio de la declarante, el registro de llamadas de su teléfono. El número llamante podrá ser comprobado, en los primeros compases de la investigación, mediante bases de datos policiales, en las que la numeración en cuestión pudiera aparecer asociada a una persona determinada, que en algún momento pasado interpusiera una denuncia y lo aportara como medio de contacto, por ejemplo. Si estas gestiones inmediatas de búsqueda no dan resultado, y no se consigue determinar la identidad del llamante, procedería el cierre de las diligencias haciendo constar las sospechas de la denunciante y la remisión a la Autoridad Judicial, dando cuenta al Grupo de Investigación de la U.F.A.M. correspondiente  (en el caso de la Policía Nacional) para que inicie una investigación más detallada al respecto.

Por último, quisiera hacer una breve alusión al apartado 3 del artículo 468 del Código Penal, en el que se recogen varias conductas relacionadas con incumplimientos derivados del correcto mantenimiento de los dispositivos electrónicos (o pulseras, usados para controlar las medidas impuestas): destaca, sobre todo, la manipulación intencionada o la descarga completa del equipo. Esta última conducta es de omisión pura y supone, en todo caso, la comisión del delito de quebrantamiento. Cuando esto ocurre el Centro Cometa, encargado de la gestión y el seguimiento de los dispositivos, avisa a los agresores de que la batería está a punto de agotarse para que la pongan a cargar. Si no lo hacen, a pesar de notificársele esta circunstancia, el dolo quedaría más que probado. De hecho, estos supuestos van a requerir una actuación urgente, empezando por la comisión de un indicativo al último lugar donde posicionó el autor y una rápida localización de la víctima, al objeto de dotarla de protección policial hasta que aquel sea localizado y detenido.





domingo, 10 de mayo de 2020

La violencia de género durante el confinamiento


Hace unos días tocó hacer balance de las cifras al respecto de la violencia cometida sobre la mujer pareja durante el confinamiento. Fue durante el telediario de mediodía del canal local 101TV Málaga. Para ello hice acopio de los datos oficiales, comprendidos entre el 15 de marzo y el pasado 6 de mayo (día en que tuvo lugar la entrevista), relativos a las actuaciones de Policía Nacional por violencia de género en la capital de la Costa del Sol. El total ascendía a 115. 

Para hacerme una idea de las implicaciones que este escenario inédito ha supuesto, y poder interpretar la incidencia de casos, comparé el dato con el obtenido durante el mismo periodo temporal del año anterior. En 2019, 167. Un descenso porcentual del 32%. 

¿Esto qué significa? ¿Hay menos violencia de género bajo el vigente estado de alarma? ¿De qué manera podemos explicar esta sustancial bajada? Lo único que podemos concluir sin margen de error es que las estadísticas representan el número de hechos conocidos en un ámbito delictivo concreto, pero, por desgracia, no recogen la criminalidad real registrada en toda su extensión. Existe lo que conocemos como cifra negra, es decir, conductas delictivas que no se denuncian ni son detectadas por las Instituciones. Esto, por si fuera poco, se ve amplificado en el ámbito de la violencia de género, donde multitud de factores (miedo al agresor, dependencia emocional y económica, vergüenza o temor a no ser creída, etc.) determinan que las víctimas opten por callar y sufrir en silencio, en el peor de los casos, o que se acojan a otras vías de salida distintas a la denuncia, en el mejor, siempre que las termine por convertir en supervivientes.

Resulta que todo lo que sabemos, teórico y práctico, aplica a un escenario de normalidad, en el que convivimos en sociedad sin más limitaciones que el respeto por la libertad de los demás. La crisis sanitaria motivada por la irrupción del COVID-19 cambia por completo las reglas del juego: estamos ante una situación inédita. Esto implica que explicar el decrecimiento en lo relativo a hechos conocidos se base en hipótesis que, bajo las actuales circunstancias, no puedan por el momento ser verificadas. Sin embargo, sí podemos afirmar que las múltiples aristas de esta lacra social determinan que no pueda existir una única explicación que abarque toda su complejidad, sino que es necesario una combinación de varias teorías. Veamos algunas brevemente.
 
Se ha hablado, en primer lugar, de reacciones adaptativas por parte de la mujer víctima. El instinto de supervivencia las lleva, ante la situación de confinamiento, a amoldarse a los cambios, con el solo objetivo de “no despertar a la bestia”. El hecho de que los hijos pasen un mayor tiempo en casa y la masiva pérdida de empleos suponen una modificación nada desdeñable del contrato familiar: las tareas en el hogar y el cuidado de los menores, por ejemplo, han de acometerse de forma distinta a lo que estábamos acostumbrados. Y al maltratador no le gusta asumir responsabilidades familiares, os lo aseguro. Ante este nuevo enfoque, ellas aguantarán carros y carretas con tal de no enfadarlos. Primera teoría explicativa del descenso.

En segundo lugar, tendríamos las mayores facilidades con que se encuentra el agresor para controlar a la víctima: antes del COVID-19 ellas iban a sus lugares de trabajo, salían a tomar café con amigas (siempre y cuando lo tuvieran permitido). Desarrollaban, en definitiva, una vida social más intensa. La situación actual supone que ellos las tengan a mano, bajo control. Recordemos que la motivación principal de esta conducta delictiva, por lo general, prolongada en el tiempo, es la dominación y el sometimiento. En su casa el agresor lleva los pantalones, nunca mejor dicho. Todo esto podría suponer un menor número de explosiones violentas. Segunda teoría.

Aunque pueda parecer que, con las anteriores explicaciones, el maltrato se ha visto mermado; la realidad no es, lamentablemente, tan halagüeña. Ellas siguen sumidas en el clima de terror instaurado en sus propios hogares; en su día a día de insultos y humillaciones. Lo que se ha podido ver reducido es el número de episodios violentos graves, tras los cuales las víctimas tendrían instantes de claridad y duda que, bajo las circunstancias apropiadas, las llevarían a denunciar su situación.

La última teoría que esgrimiré muestra tintes menos “optimistas” en la lectura e interpretación de los datos. Esta apuntaría a que la violencia, lejos de retroceder, ha ido en aumento por el estrés que supone la incertidumbre y las novedosas circunstancias de vida. Sin embargo, debido al encierro, ellas no ven la manera de solicitar ayuda. Están encerradas en su propia casa junto a sus verdugos.
Para evitar el aislamiento al que se refiere esta tercera hipótesis se han habilitado recursos adaptados a este escenario sin precedentes: el botón SOS de la aplicación AlertCops, los teléfonos de asistencia psicológica vía Whatsapp del Ministerio de Igualdad o la iniciativa “Mascarilla19”; entre otros. No podemos abandonarlas a su suerte.

Como conclusión lanzaré dos mensajes que considero de enorme interés: por un lado, vuelvo a apelar al apoyo externo. Reconozco que peco de reiterativo, pero es algo que asumo con satisfacción. Los miembros del vecindario pasan más horas en casa y eso los sitúa en una posición privilegiada de detección. Mirar hacia otro lado no es una opción; descuelguen el teléfono y marquen el 091, el 062 o el 112. Por ellas.

Por otro lado, no quería marcharme sin puntualizar que, hasta que no llevemos un tiempo prudencial en lo que se ha bautizado como “nueva normalidad”, no podremos contrastar hipótesis y sacar conclusiones al respecto de las estadísticas relativas al periodo de confinamiento. Desconozco si una vez se levante todas las restricciones experimentaremos un incremento inusitado en los casos detectados, porque, todo lo que han “tragado” durante el encierro, que no denunciaron debido al control constante de sus maltratadores, saldrá a la luz con la vuelta a la rutina. Toca esperar, estar atentos por si se nos necesita. Esta lucha está todavía en plena ebullición. No caigamos en la complacencia.




Fuente: Cartel de la campaña de prevención de la violencia de género durante el estado de alarma del Gobierno de Canarias

sábado, 28 de diciembre de 2019

Carta a los Reyes Magos


Queridos Reyes Magos, este año me he portado de maravilla, aunque esto es algo que vosotros ya sabéis. Lo de “Magos” no es un calificativo inerte, en absoluto. He intentado, día sí día también, ser corresponsable, conciliador y, no menos importante, cariñoso. Porque ser hombre y dar cariño a los tuyos, sobre todo a tus hijos e hijas, no es incompatible. En el plano laboral también me he esforzado por ayudar a cada hombre y mujer que nos ha necesitado. A mí y a mi equipo, por supuesto. En unos casos lo hemos llevado a cabo con más éxito; en otros, con menos, pero siempre, sin excepción, nos hemos dejado la piel para tenderle la mano a quien demandó auxilio. La pasión por lo que hacemos es nuestro signo de identidad.

Dicho lo cual, sus Majestades reales, pasaré a enumerar mis deseos para este 6 de enero. Espero que mi carta de presentación sea motivo suficiente para darme estos “caprichitos”. Vamos allá:

Queridos Reyes Magos, en primer lugar, os quiero pedir un buen porte de esperanza, a ser posible en cantidades industriales. Para mí, como no, y para todos aquellos – y aquellas - que dedican su tiempo y sus esfuerzos a la búsqueda de la igualdad. Me refiero a aquella que persigue poner en un mismo escalón a hombres y mujeres, en lo que a derechos y oportunidades se refiere. Esperanza para seguir creyendo en la meta, para continuar, paso a paso, caminando en la dirección adecuada. Traedla, por favor, porque tirar la toalla nunca ha sido – ni será – una opción.

Queridos Reyes Magos, en línea con mi primera petición os pido, para los y las que no creen en esta justa causa, un saco repleto de gafas violeta. O moradas, que para el caso es lo mismo, a ver si con ellas puestas consiguen dejar de ver la realidad tan distorsionada. Dicen mis amigas feministas, y yo lo comparto, que una vez te las pones es imposible quitárselas. ¡Pues claro! ¿Quién podría darle la espalda e incluso, poner obstáculos, a algo tan sensato? Lo creáis o no, todavía quedan muchos (y muchas, of course) que niegan lo evidente. Lo dicho, gafas moradas a tutiplén.

Queridos Reyes Magos, por último, no puedo dejar de pediros por las familias y amistades de las 55 mujeres asesinadas en el contexto de la violencia de género en lo que va de este año. Hablo de los casos confirmados por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género, porque, aparte de ellas, existen 3 casos que se encuentran actualmente en investigación. Traedle consuelo, en la medida de lo posible, para superar esta injusticia de magnitudes colosales. Espero que dentro de unos años (los mínimos, si no es mucho pedir) echemos la vista atrás y pensemos: “Cómo era posible, allá por 2019, que casi 60 mujeres fueran asesinadas por sus parejas o ex, por el simple hecho de haber nacido, precisamente, mujeres”.

Queridos Reyes Magos, habéis podido comprobar que no he sido excesivamente “pedigüeño”, como diría mi santa madre. He querido ir al grano, para que nada se os pase y así poder tener todas mis peticiones satisfechas. Gracias de antemano por vuestro esfuerzo y dedicación.

P.D.: Os dejo un par de vasos de leche para los camellos y un plato de mantecados para vosotros debajo del árbol. Un fuerte abrazo, Álvaro.


miércoles, 22 de mayo de 2019

Más de lo mismo...

La historia se repite: no hace mucho, leía a mi querido Miguel Lorente hablar de la especie de bucle en que se encuentra atrapado el machismo (y por extensión, los y las machistas). Una y otra vez recurren a los mismos argumentos, "disfrazados" torpemente de novedosos, en un intento de socavar el decidido avance hacia la Igualdad. Y es que el feminismo lleva ya tiempo caminando, con paso firme, en busca de una meta clara: la autonomía total de las mujeres y su acceso efectivo a idénticos derechos y oportunidades que sus congéneres, los hombres.

Esta mañana, sin ir más lejos, me topaba con una de estas argucias (término más apropiado que "argumentos", ¿no creéis?). Lo más gracioso de todo es que quien la esgrime pretende, por regla general, hacernos creer que ha de tener la consideración de "verdad absoluta". ¡Claro! Como lo dice un hombre desde su pedestal, entonces debemos tomarlo como un dogma. Ahora todo encaja: ver, oír y callar, ¿no? Ya, por suerte, NO - en mayúsculas -. Este "espontáneo", desde un perfil anónimo (para qué ir de frente...), aseguraba que "las denuncias de malos tratos son recursos utilizados por las mujeres en su propio beneficio", sobre todo para acelerar los trámites de la separación/divorcio. Así, en frío. Yo, con afán dialogante, le pregunto en qué estudio o estadística se apoya tal afirmación, que según él "está demostrada". Tal y como era de esperar, alude a su supuesta dilatada experiencia en la materia - nada más y nada menos que 30 años -. Un bagaje que respalda cualquier aseveración, por torticera que sea...

Hay veces que me planteo si mis dotes de investigador estarán en proceso de merma, si habrá un gran número de mujeres que, haciendo un uso fraudulento del sistema, me la "cuelan" constantemente, sin que me de cuenta. En otras ocasiones pienso: a lo mejor, en lugar de ser "fallo" mío, la explicación recae en que estos "espontáneos" disponen de una bola de cristal, de esas que usan las pitonisas, que cuando la frotan les "chiva" si la denunciante que tienen frente a ellos está mintiendo. Ni una teoría ni otra se sostiene, sinceramente.

Entonces, ¿dónde está el quid de la cuestión? En el eterno mandato de género, por supuesto. La construcción cultural de las mujeres como malas y perversas viene de largo: son calculadoras, vengativas, persiguen causar daño a hombres buenos, a través de estrategias psicológicas variadas, para así quedarse con la paga, la casa y la descendencia. Nada nuevo bajo el sol.

Lo que obvian cuando recurren a esta argumentación es que las cifras y los estudios científicos apuntan en una dirección muy distinta: la de considerar la violencia sobre la mujer pareja como un problema de salud pública (OMS, 2002). En concreto, los procesos judiciales de separación o divorcio no deseados por el hombre; o aquellos conflictos en torno al cuidado de los menores, se erigen en factores detonantes de la violencia. Todo lo que genere desacuerdo y, por ende, tensión, alimenta la posibilidad de que se registre una agresión. De hecho, un número considerable de los homicidios y asesinatos en este contexto se producen bajo estas circunstancias.

Y así con todo: que si las agresiones son causadas por factores externos (véanse, el alcohol o las drogas), que si todas las violencias han de tratarse como lo que según ellos son: simplemente violencias; que si los "chiringuitos" del género se lucran a costa de todo esto, etc. Repetitivo a más no poder, como si de un bucle se tratara. O tal vez sea su propio eco, que reverbera en el interior de la caverna a la que se aferran. Quién sabe.


martes, 16 de abril de 2019

Un problema de los hombres que sufren las mujeres

El título no es "cosecha propia". Con el permiso de Michael Kaufman - tácito, todo sea dicho -, doy nombre a esta nueva entrada que versará, como viene siendo habitual, sobre la violencia que ejercen los hombres sobre las mujeres. Es decir, violencia de género en el sentido amplio del término.

A estas alturas del partido, a uno le cuesta creer que existan reticencias a la hora de admitir el carácter estructural de esta problemática, por un lado, y que esta suerte de barreras, por otro, vengan de la mano de reacciones agresivas en algún que otro caso. Sobre todo en redes sociales, donde el paraguas del anonimato, en los tiempos que corren, pareciera aguantarlo todo: insultos, desprecios y toda clase de comentarios hirientes que, en una gran proporción, tienen como diana al sexo femenino. Algo que no sorprende, a la vista de las cifras oficiales sobre violencia en el contexto de las relaciones de pareja y aquella que afecta a la libertad sexual de las mujeres, por poner un par de ejemplos. Ellas suelen ser las afectadas; nosotros, los responsables.

Y es que nuevamente, si recurrimos al rico refranero castellano, encontramos un dicho que viene como anillo al dedo al caso que nos ocupa: "Quien se pica ajos come". Así de sencillo. La mayoría estaréis hartas - y hartos - de oír/leer frases del tipo: "Ser hombre se ha convertido en un peligro; nos criminalizan por el simple hecho de ser hombres; estamos expuestos a que nos denuncien falsamente; la presunción de inocencia ya no existe..." Podría seguir hasta aburriros, no os quepa duda. En esta línea escribía Miguel Lorente hace unos días: "Al machismo no le interesa diferenciar "hombre" de "maltratador" para decir que como no todos los hombres son maltratadores, en verdad ninguno de ellos lo es..." Es la estrategia de generar confusión, a través del victimismo y el "#NotAllMen", un recurso que, por desgracia, se ha convertido en recurrente en la actualidad. Con su reacción, a destiempo y carente de argumentos, demuestran que se sienten aludidos, que esto en realidad va con ellos y que, en absoluto, es su deseo ceder privilegios. Hablando en plata: se les ve el plumero.

Lo cierto es que hay que darse por aludido, pero en un sentido bien distinto: se necesitan hombres, jóvenes y activos, que deseen desconstruirse. Hacen falta nuevos modelos de masculinidad. Porque, aunque cueste entenderlo, el feminismo persigue la búsqueda de la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres. Porque, nos duela o no, el machismo es un problema del hombre que sufren las mujeres.


Termino con una cita de María Noel Vaeza, directora de programas de ONU Mujeres, en una entrevista publicada en El País en mayo del año pasado: "Los hombres deben estar en el feminismo moderno". En definitiva, el cambio depende de todos y todas.

sábado, 13 de abril de 2019

La historia de Carmen

Una nueva agresión tuvo lugar. Era cuestión de tiempo que volviera a ocurrir. Carmen y José eran matrimonio desde hace mucho tiempo. Fruto de su unión tenían una hija común en edad adolescente (a fecha de esta historia, contaba con 16 años). Que supiéramos, era la sexta vez en la que José empleaba la violencia física sobre Carmen. 6 veces, nada más y nada menos.

Si os estáis preguntando qué pasó en las 5 anteriores, aquí tenéis la respuesta: Carmen no denunció a su maltratador y todo siguió igual. Las causas se archivaban, tras lo que ambos abandonaban el Juzgado juntos, con sus manos entrelazadas, para dirigirse una vez más a esa vivienda que compartían y que, en absoluto, podía calificarse de hogar. Esto último requiere de una buena dosis de cariño y respeto, aspectos que, en este caso, brillaban por su ausencia.

Sinceramente, en un principio, no albergaba esperanzas en esta sexta ocasión. Ese parte de actuación que descansaba sobre mi mesa, con un resumen de lo ocurrido y las firmas de los agentes intervinientes, volvería a ser insuficiente. Eso creía, hasta que me puse manos a la obra. Por un lado, los Policías actuantes habían apreciado lesiones en el rostro, cuello y brazos de Carmen. Por otro, comprobé que fue la hija (Manuela) quien había realizado la llamada al número de emergencias. No solo eso, sino que narró lo ocurrido a los agentes, en un tono en el que la preocupación era fácilmente detectable. 

Sin más preámbulos, comenzamos la gestiones de investigación. La falta de expectativas inicial dio paso a la esperanza. Esta vez estábamos convencidos de que podíamos echar una mano a Carmen para salir de ese infierno, aun a sabiendas de que ella no deseaba, por el momento, nuestra ayuda. Citamos a Manuela en primer lugar: quisimos que viniera sola (su grado de madurez y edad nos permitían explorarla sin presencia adulta), cosa que hizo encantada. Hasta aquí, fenomenal. Pero la cosa se iba a torcer... Habían pasado varios días del episodio violento y Manuela se "había enfriado". Fue leerle la dichosa dispensa (el artículo 416 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal) e inmediatamente se acogió al privilegio de no declarar en contra de su padre. Por ahora, el caso no pintaba nada bien.

Decidimos analizar todos los atestados anteriores, en busca de algún dato que pudiera cambiar el rumbo de la investigación. Ninguno de ellos lo habíamos instruido en mi Grupo por lo que, en principio, desconocíamos los detalles. Cuál fue mi sorpresa cuando me percaté de que en dos de ellos el requirente (persona que llama a la Policía para dar cuenta de la comisión de un presunto delito, en este caso concreto) era un vecino del inmueble donde residían. Pondríamos toda la carne en el asador a la hora de elaborar el informe vecinal, empezando por este "buen samaritano".

Voilá. Bingo. Eureka. No nos equivocábamos: este señor demostró ser un "buen samaritano", pero además localizamos a otra vecina dispuesta a dar la cara por Carmen. Lo que determinó el cambio positivo fue, sin duda, la implicación de ambos, extremo éste que unido al hecho de que habían sido testigos visuales directos de algunas de las agresiones, nos situaban en una posición muy favorable de cara al proceso penal que en unos días daría comienzo. Carmen, por su parte, vino a Comisaría para firmar un acta de "no declaración", o sea, acogerse también al maldito 416. Nada nuevo bajo el sol.

Con toda la información recogida, una vez convenientemente documentada, detuvimos a José. Éste decidió no declarar en Sede Policial, como era de esperar. Se le veía seguro de sí mismo; esperaba, indudablemente, que esta vez no fuera distinta a las anteriores. Al día siguiente, en el Juzgado, José se dio de bruces con la realidad en forma de indicios consistentes: varios agentes que habían visto el menoscabo físico en Carmen y, además, un puñado de vecinos aseguraban haberlo "pillado" in fraganti, con las manos en la masa. Reconoció los hechos, por un lado, y se conformó con la petición de la Fiscal, por otro. 1 año y cuatro meses de alejamiento e incomunicación de Carmen fue la pena impuesta (la prisión quedó suspendida por el momento, al ascender a unos cuantos meses).

Habíamos ganado una batalla. Una de muchas, pues la meta de la supervivencia todavía se ve difuminada, lejana, allá en el horizonte. A pesar de todo, a los pocos días nos encontramos con un acontecimiento inesperado: Carmen había llamado al 091 para informar de que José estaba en su portal, en actitud de espera. Quería verla; quería recuperarla. La esperanza de su agresor se vio truncada por la rápida actuación de un Z, que lo detuvo en el lugar. Otro pasito más cerca de la salida, Carmen.

Esta es la historia de una mujer maltratada, alguien que sin la intervención externa todavía seguiría atrapada en las garras de su agresor. Su ejemplo ha de servirnos para dar la cara y salir del silencio cómplice. Denuncia, no mires para otro lado. Ante la violencia de género, tolerancia cero. Por ellas.


Fuente: https://www.catalunyapress.es/texto-diario/mostrar/380070/victimas-supervivientes-claves-luchar-positivo-contra-violencia-genero

lunes, 8 de abril de 2019

Negar la mayor


Hoy os traigo, del rico refranero castellano, “negar la mayor”. Lo que vendría a ser, básicamente, dar la espalda a la realidad o remar a contracorriente, a sabiendas de lo que supone. Algo que, aunque cueste creerlo, está de moda en un ámbito de tanta importancia como la búsqueda de la igualdad.

El momento actual, por suerte o por desgracia, empuja a la polarización. El mejor ejemplo para explicar esta situación nos remite a la política: pareciera, a escasos día de los comicios generales, que solo existe la izquierda y la derecha. No solo eso, sino que además ambas han de tender a la búsqueda de los extremos. El término medio, la escala de grises; han pasado, quiero pensar que temporalmente, a mejor vida.

En materia de igualdad de derechos y oportunidades entre mujeres y hombres ocurre algo parecido. Y es que no debemos perder de vista que lo personal es político. Ante los indudables avances del feminismo, una parte de la sociedad ha optado por situarse en la más combativa oposición. Una reacción, en algunos casos, que incluso llega a virar a agresiva, sobre todo si se cuenta con el paraguas protector del anonimato en redes sociales. Una especie de “todo vale” en el mundo virtual, con tal de mantener intactos mis privilegios y, por ende, la desigualdad por razón de género.

Todo esto que os cuento choca de lleno con la realidad de los datos. Algo que, sin duda, cuesta comprender. ¿Cómo es posible negar el alcance social de la violencia sobre la mujer? Según el Consejo General del Poder Judicial, cada día de 2018 se registraron 457 denuncias de media por maltrato en el ámbito de la pareja. Nada más y nada menos. Pero, para ellos – y ellas, todo hay que decirlo – el verdadero problema radica en el “alto porcentaje” de denuncias falsas, ese que ningún año alcanza el 0’1% del total, si nos remitimos a las estadísticas de la Fiscalía General del Estado.

Sigamos: cuando les dicen que el machismo mata, que al año una media de 60 hombres asesinan a quienes son o fueron sus parejas (mujeres); son capaces de achacar el problema a los extranjeros, o apuntar que “no todos los hombres matan”. Acabáramos. También, por cierto, nos recuerdan que los hombres son asesinados en una proporción mucho mayor que las mujeres, obviando, de plena conciencia, que sus asesinos son también hombres en su inmensa mayoría.

Venga, que ya hemos cogido carrerilla: en una ciudad como Málaga, el año pasado se registraron un total de 225 presuntos delitos contra la libertad e indemnidad sexual (aquí entra el Título del Código Penal completo: abusos, agresiones, acosos, etc), según el último Balance de Criminalidad del Ministerio del Interior. Esto, traducido a horas, quedaría de la siguiente manera: cada 40 horas aproximadamente se comete una supuesta infracción penal del Título VIII del Código Penal, es decir, de naturaleza sexual. Voy un poco más allá, si me lo permitís: en casi todos coincide el sexo de víctima y presunto agresor. Mujer, la primera; varón, el segundo.

No hay nada como darse un buen baño de estadísticas oficiales para abrir los ojos, ¿no os parece? Aún así, todavía algunos – y algunas, por desgracia – seguirán “negando la mayor”.